Se habría podido decir que no era un teatro, sino tan solo una casona antigua, disimulada a duras penas con pintura y, de alguna manera, oculta entre dos edificios de cemento oscurecidos por los hongos y la humedad. Unas gradas derruidas llevaban a una boletería cilíndrica, de donde se abría paso un café al aire libre que lucía algo más cuidado que la fachada general del edificio. Hacia el fondo del café había una entrada muy angosta y de aspecto reservado que debía de conducir a la tribuna. El nombre del Teatro Calderón, se apreciaba justo sobre la boletería.
Las señas para llegar que me había dado mi amigo no me habían servido de mucho; al final, había terminado atravesando casi todo San José. Y no era la primera vez que me pasaba algo así con él, pero no podía reprocharle nada porque más de una vez a él le había sucedido lo mismo conmigo.
—¿Cómo se llama la obra? —le había preguntado yo por teléfono.
—Se llama Jirafanube.
Sin embargo, por ningún lugar logré encontrar ningún anuncio donde se mencionara la obra que presentaban. Cuando compré el boleto, pregunté que si la obra se llamaba Jirafanube y la señorita que me atendió me dijo que sí. Me acuerdo que me dio de vuelto un billete donde aparecía la foto de un ex presidente con cuernos y quevedos.
Ordené un café como a mí me gusta: negro y sin azúcar y me fui a sentar a una mesa de la cafetería. No contento con el café, saqué un cigarrillo y me puse a fumar. Luego, traté de explicarme de qué podría tratarse la obra que estaba por ver, y me imaginé a un sacerdote disfrazado de jirafa, que le hacía el amor a un cerdo virgen y solitario, como en la película francesa; luego se me ocurrió la conversación aburrida de un coro de nubes, con relámpagos de utilería y lluvia de confeti plateado; sin embargo, por más que lo intentaba, no lograba reunir las ideas de la jirafa y de la nube.
(...)
[El cuento completo se puede leer en el número más reciente de la Revista Káñina
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