Vasco Núñez de Balboa descubrió el Océan Pacífico en 1513!
¡Qué bien!
De 1512 para atrás, cuando un indígena se aproximaba a esa masa de tinieblas y pus, todo estaba envuelto en la blancura del vacío y los chupacabras se les acercaban furtivamente para morderles los güevos (¿cómo harían con las indígenas?).
Por dicha, llegó el galleguín cuyos güevos estaban protegidos por un sudoroso forro de fierro (sí, a prueba de chupacabras) y logró acometer lo impensable: ¡descubrir el Océano Pacífico!
¡Qué madre, patria!
6 comentarios:
Entiendo como algo anormal que haya dos entradas en este abandonado blog en una misma semana, sobre todo cuando el año pasado solo hubo dos entradas en un mismo año.
Pero mi lápiz no se deja engatuzar por esas varas de que hay tiempo y quién sabe que otras cosas que no tardarán en inventar.
La próxima entrada se llamará la caravana de los monos escritores. Ya tengo el texto, pero aún tengo que hacer las ilustraciones que lo acompañarán.
Gracias por comentar.
Me hizo gracia y me puso a pensar.
De igual manera, Franklin descubrió la electricidad. Todos los seres humanos y animales achicharronados por un rayo a lo largo de los milenios no cuentan.
Sí, lo mejor es que la palabra “gallego” para la próxima edición del DRAE va a dejar de decir “5. adj. C. Rica. tonto (‖ falto de entendimiento o razón)”. Esta acepción les molestaba a los gallegos así que pidieron eliminarla; de hecho ya no aparece en “Artículo enmendado”, aunque en nuestro país sigamos usándola para lo mismo.
Así que estos gallegos (en tico) de la Academia renuncian a la veracidad científica esperable de la lingüística para acomodar la ciencia a la ideología: esto por si alguien creía que los gallegos habían perdido su capacidad de “descubrir”.
"Ser y no saber nada". Esta frase de Darío, la mar de filosófica, viene a ser lapidaria si se aplica a los rarísimos especímenes cristianos —!qué ironía!—, de barbas rubicundas y "cubiertos de metal", como bien dijo G. Palomares.
No conocían el cero, se quedaron boquiabiertos al ver el "sitio en que fueron hechos los dioses" porque nunca en su puta vida de invasores (léase soldados pelmazos, violadores y genocidas) habían visto una ciudad con las dimensiones monumentales de Teotihuacán (lo dice Bernal Díaz del Castillo, cronista de indias, no lo digo yo) y tuvieron la osadía de llamarnos "homúnculos" (entiéndase "seres sin alma") probablemente mientras se miraban en un vidrio azogado que pronto iban a cambiar por oro (todo escrito en perfecto romance por el cronista Fernández de Oviedo). Justo el padre Las Casas hizo hincapié en tamaño desafuero: si el fin del cristianismo es salvar las almas, para qué catequizar a quienes no la tienen... La historia ha demostrado quiénes fueron los desalmados y quiénes los ambiciosos.
Sin embargo, ellos sí descubrieron todo lo que ya era harto conocido para nuestros abuelos americanos. Descubrir lo descubierto, ergo, no es redundante; es una hazaña digna de dioses de chatarra, tan sanguinarios como egocéntricos, que aún nos siguen revolcando las entrañas, el corazón y la conciencia con la espada de la palabra. Por eso, soy Kuzuco, nunca Cusuco, que es lo que sugiere la docta casa colonialista.
Me encantó el comentario lleno de sangre del Sr. Kuzuco. Pero qué difícil es odiar a los otros abuelos cuando nosotros llevamos su sangre... Más razones para el odio, dirán los negacionistas de la vida incapaces del suicidio.
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